Radio FM - Henderson

Vivencial

Buenos Aires se me antoja triste y silente. Un vaho caliente se desprende de las boquillas del subte mientras camino hacia la plaza de Mayo.

De pronto aparecen en mi mente las imágenes de un viejo 25 de mayo, en el que todo un pueblo, que seguramente incluía a mis antepasados, reclamaba por la libertad que no tenía.

Sigo mi camino lentamente y un poco más allá, veo la pirámide de Mayo. Mi mente sigue discurriendo sobre todo lo que aprendí en la escuela. La plaza, los paraguas (que en realidad no lo eran), las cintas (que en realidad eran rojas y blancas), el cabildo y la gente. El pueblo entero y los patriotas, volcados a la plaza frente al cabildo exhalando su clamor.

Cruzo la calle y mi mente se muda de provincia. Es Tucumán, en 1816, y también allí hay las gentes que reclaman por lo suyo. El puñado de patriotas gestores de nuestra historia, que se aprestan a firmar el Acta de la Independencia y declararla para nuestra Argentina.

Mientras sigo caminando lentamente, no puedo evitar que mi pensamiento se vaya en esa nube del pasado, y me centre en pleno Tucumán, frente a la histórica casa. Y veo las luces encendidas en los ojos de los presentes, y oigo la música que significa un clamor de libertad que surge de todas las gargantas.

No puedo dejar de preguntarme, cuál habrá sido realmente el impulso de estos hombres al poner sus propias vidas al servicio de la Patria? Qué habrán sentido sus familias cuando se pusieron a la par de sus esposos y padres y lucharon cada una desde su lugar, por apoyar y conseguir los nobles ideales de sus jefes de familia?

Qué orgullo inenarrable habrán sentido sus hijos al saber que la libertad que se gestaba, en gran medida, se debía al esfuerzo de sus padres!

No importaron viajes, no cansaron las carretas, no cayeron los ánimos para lograr que ideales perfectos y en casos hasta inalcanzables, hayan empujado a estos símbolos de nuestra independencia, porque hasta el último habitante del país, quería la libertad!

….

Sin darme cuenta, estoy llegando a mi destino. En la puerta de mi casa, una persona en situación de calle, duerme apoyado en el escalón de la entrada. Su cuerpo está tapado por una vieja y raída manta; la cara sucia, los cabellos largos y revueltos y los dedos amarillos y quemados, me indican su realidad. Y pienso que no quiero más personas en esta situación. No quiero más drogas para nuestros niños y jóvenes. No quiero más esa pobreza que lastima que nos muestra a familias enteras revolviendo en los basureros y comiendo todos los días los desechos que encuentran. No quiero más adolescentes que sin haber dejado de ser niñas aún, ya se estrenan como madres, sin saber en la mayoría de los casos, por qué. No quiero más enfermos que bregan y sufren en las largas colas que se forman para conseguir un numerito que les dará la posibilidad de ser atendidos, vaya Dios a saber cuándo, en un perdido hospital, en el que sus médicos y enfermeras, luchan en un medio hostil, para ayudar a quien lo necesita, con un mínimo de condiciones con las que cuentan. No quiero más abrir la puerta a pequeños de ojos grandes que me miran con asombro al pedirme una moneda. No quiero más las suciedades que se destapan cada día producto de las acciones de tales o cuales personas, que impunemente roban a mansalva. No quiero más ver las caras tristes de las personas que cruzo todos los días, porque de tan apurados que corren de un trabajo a otro, no tienen tiempo para sonreír. No quiero más de tantas cosas que me descolocan en la vida y que no puedo modificar. No quiero más desidia, abandono, mentiras por parte de los “dueños de la cosa”.

En el escenario de una noche especialmente silenciosa, mi mente sigue llena de levitas y jaquetes, galeras y polainas, miriñaques y polisones. En mi mente es de día, estoy en Tucumán, es 1816, y mi alma, igual que la de todos los presentes, quiere paz, quiere libertad, quiere independencia, y lo grita con un grito silencioso de orgullo: a pesar de todo, qué feliz soy de ser argentino!                                                                                     

Autor: Adriana Correa e-mail: [email protected]

Foto: Casa de la independencia fachada original 1869 – Ángel Paganelli

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